Aunque nací en Florencia en 1885, para pertenecer a un gondolero, no fue hasta finales del siglo XX que caí enamorado, en un pueblo histórico del sudeste español, de un joven diseñador. Y aún habría de esperar hasta el siglo XXI para estar con él.Lo seguí durante años incómodamente instalado en las cabezas de otros y observándolo desde los ojos de otros. Un poco más arriba, de hecho, porque soy un sombrero, no unas gafas o un antifaz. Yo miro desde donde los felinos miran y como ellos, con sigilo, dejé caer sobre la cabeza de mis muchos dueños la idea de viajar a donde él viajara. Así lo seguí por talleres alternativos en los noventa madrileños y barceloneses, por los clubs de house inspiradores de Los Ángeles. Y forcé a mi dueño a viajar a Colombia para verlo trabajar en bulliciosos estudios de moda a principios de este siglo. Siempre tuvo una sonrisa para mi, un elogio, “bonito sombrero”, decía, o “el canotier siempre ha sido mi favorito”. Y tú el mío, pensaba yo, tú serías mi dueño favorito.

Pero no fue hasta 2016 que pude ser suyo, que me encontró, atraído por mi pensamiento quiero creer, o por mi aspecto, la vida no me ha tratado tan mal y estoy hecho de materiales nobles, en una vieja tienda de antigüedades en Sevilla, donde mi último dueño se deshizo de mi.

Hoy ya soy suyo y veo las cosas desde donde él las ve. Bueno, un poco más arriba siempre. Y desde su confortable craneo dejo caer ideas de nuevos canotiers, o Fedoras, Akubras, bombines…y él, con manos inteligentes, les da forma y me los enseña y yo aprieto levemente mi banda suave para darle las gracias y para no caerme nunca de él.

El Canotier de Victoriano.

Victoriano Simon
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